por Arí Maniel Cruz
Cuando el verano finalmente decidió aparecer, me lancé a las calles de la ciudad en búsqueda de pruebas irrefutables de vida. Sucede que durante el invierno pareciera que todos morimos. Poco a poco el frío se apodera de nuestras vidas y quedamos secos, inertes, viviendo sin vida. Afortunadamente, el invierno no dura todo el año aunque en algunos países del Caribe, como el mío, la mera idea de algo que no tenemos es suficiente para voltear el resultado de unas elecciones generales, plebiscitos y hasta referéndums. Aunque en mi pueblo digan que vivir en el frío es mejor porque se conserva uno, mi experiencia personal prueba lo contrario. Mi amigo Johan dice que el frío hizo que le salieran pelos en la espalda. A mí aún no me ha pasado eso pero nadie puede predecir lo que me ocurra el próximo invierno. Bueno, regresando al tema principal de este escrito, era un hermoso día soleado en la cuidad. La gente volvió a ser gente y, como yo, se lanzaron a las calles en búsqueda de vida. Era un día feliz en la urbe.
Mi peregrinar me llevó al centro de la ciudad. Ese horrible espacio que no es ni arriba ni abajo y hace que nuestra noción de la realidad se altere al punto que nos creemos capaces de todo. Allí nos sentimos libres, omnipotentes y omnisapientes, cuales dueños y señores del mundo. En ese limbo de concreto, tan manipulado que parece divino, me encontré perdido entre una multitud de gente que hechizados por el limbo se desprendían de las convicciones culturales de sus países y compartían el desprendimiento dictatorial que el verano representa. Todo esto empezaba a molestarme. Comencé a sudar, mis latidos se aceleraban, me temblaban las manos y mis piernas no me respondían. Tenía que escapar lo antes posible. Por un instante pensé en el invierno, la dictadura anual que despedí con alegría y ahora ciertamente añoraba. Es en esos momentos cruciales, de vida o muerte, es que en cuestión de segundos la vida entera hace acto de presencia en nuestros pensamientos. Pensé en mis primos, en mis tías, en mis abuelas, mis padres, mis hermanos, mi calle, el barrio, mis maestras y hasta en mi primer carro. Me pregunto, ¿por qué no pensé en mis amores pasados? Bueno, el asunto es que recordé a mi padre cuando dijo, En la guerra cualquier trinchera es buena. Y como un impulso indetenible me dirigí a la primera ruta de escape que se vio accesible. El gentío era tal que las posibilidades eran mínimas. Abrí una puerta y entré sin preguntar. Otra cosa que me decía mi padre era: “es mejor pedir perdón que pedir permiso”. Cuando mis latidos regresaron a un ritmo cercano a lo normal me percate de donde estaba, y así cada vez nos acercamos a la razón de este fútil relato.
Ocurre que el destino me llevó a la tienda de los METS. Un lugar repleto de parafernalia y todo tipo de indumentaria del equipo de grandes ligas que tiene sede en Queens, uno de los cinco distritos que forman la ciudad de Nueva York. Para mi sorpresa, el hallazgo me devolvió la alegría pues en ese equipo militan dos importantes muchachos, Carlos Beltrán y Carlos Delgado. Pero es el segundo Carlos el que inspira esta historia. Me acerqué al empleado y le pregunté si me podía conseguir una camisa oficial del equipo con el nombre Delgado en la espalda y el número 21 que Carlitos viste en homenaje al inmortal Roberto Clemente. El empleado me dijo en tono de burla: “ese Delgado no tiene contrato para el año que viene, está viejo y no le pega ni a una bola de baloncesto”. Es un hecho que Carlitos no estaba jugando su mejor béisbol, pero vaya, ésa no era forma de dirigirse a un paisano y menos a uno que lleva encima una mancha de plátano que se ve hasta por radio. Mi indignación fue tal que con voz alta le respondí al empleado: “¡Cómo están las cosas, a ver si tú tienes contrato el año que viene!”
El pobre Carlitos luchó contra el abucheo de los fanáticos que a gritos exigían su cuerpo vivo o muerto. Fueron momentos difíciles para Carlitos y para mí que con toda aquella frustración y rodeado de un tumulto de citadinos extasiados me subí al metro y de una vez y por todas regrese a donde todo tiene sentido, fuera de aquel limbo que no es ni arriba ni abajo.
La semana pasada comenzó el frío a ganarle la batalla al calor. El verano se disipa en el calendario para vestir de hojas secas el pavimento. La temporada de béisbol llega a sus últimas semanas. Los “Bombers” del sur del Bronx se despedirán sin bombas ni platillos. La esperanza de la ciudad está en manos de los METS, que sólo días después de aquel fortuito incidente con el empleado de su tienda comenzaron a ganar juego tras juego como si un no sé qué o un qué sé yo se apoderó de ellos y especialmente de Carlitos. El muchacho está que le pega a la bola con los ojos cerrados. Su equipo lidera la carrera por el banderín de su división y todo gracias la heroica gesta de mi querido Carlitos. Ya no se escuchan los abucheos y el clamor de aquéllos que exigían su cabeza a gritos. Ahora, la fanaticada exige a la liga que sea nombrado MVP, jugador más valioso, en coros que se escuchan de Queens a Manhattan. Ahora todos aman a Carlitos, el muchacho de Aguadilla que luchó en Vieques contra de la marina de guerra de los Estados Unidos y que nunca ha permitido que su dignidad tenga precio. Ese Carlitos que vale mucho más de lo que cuesta. Mi querido Carlitos.
Me pregunto si la gerencia del equipo puso nuevamente a la venta camisetas con su nombre o si han considerado renovar su contrato para la temporada que viene, o si han tomado la determinación de entrenar mejor a sus empleados, especialmente a los que le venden camisetas a los fanáticos o a los peregrinos citadinos que por accidentes de la vida o de la muerte, llegan a su tienda en búsqueda de cualquier cosa. Pensándolo bien, fue mejor que no tuvieran la camiseta de Carlitos, estaba carísima y yo soy conocido porque camino con los codos de lo tacaño. A final de cuentas, no importa quién gane el beisbol el invierno viene de camino. Espero que este año no haga tanto frío. Espero que el verano regrese pronto. Espero que los METS lleguen a la Serie Mundial. Espero no me salgan pelos en la espalda. Espero…



















































