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September 15, 2008

por Arí Maniel Cruz

Cuando el verano finalmente decidió aparecer, me lancé a las calles de la ciudad en búsqueda de pruebas irrefutables de vida. Sucede que durante el invierno pareciera que todos morimos. Poco a poco el frío se apodera de nuestras vidas y quedamos secos, inertes, viviendo sin vida. Afortunadamente, el invierno no dura todo el año aunque en algunos países del Caribe, como el mío, la mera idea de algo que no tenemos es suficiente para voltear el resultado de unas elecciones generales, plebiscitos y hasta referéndums. Aunque en mi pueblo digan que vivir en el frío es mejor porque se conserva uno, mi experiencia personal prueba lo contrario. Mi amigo Johan dice que el frío hizo que le salieran pelos en la espalda. A mí aún no me ha pasado eso pero nadie puede predecir lo que me ocurra el próximo invierno. Bueno, regresando al tema principal de este escrito, era un hermoso día soleado en la cuidad. La gente volvió a ser gente y, como yo, se lanzaron a las calles en búsqueda de vida. Era un día feliz en la urbe.

Mi peregrinar me llevó al centro de la ciudad. Ese horrible espacio que no es ni arriba ni abajo y hace que nuestra noción de la realidad se altere al punto que nos creemos capaces de todo. Allí nos sentimos libres, omnipotentes y omnisapientes, cuales dueños y señores del mundo. En ese limbo de concreto, tan manipulado que parece divino, me encontré perdido entre una multitud de gente que hechizados por el limbo se desprendían de las convicciones culturales de sus países y compartían el desprendimiento dictatorial que el verano representa. Todo esto empezaba a molestarme. Comencé a sudar, mis latidos se aceleraban, me temblaban las manos y mis piernas no me respondían. Tenía que escapar lo antes posible. Por un instante pensé en el invierno, la dictadura anual que despedí con alegría y ahora ciertamente añoraba. Es en esos momentos cruciales, de vida o muerte, es que en cuestión de segundos la vida entera hace acto de presencia en nuestros pensamientos. Pensé en mis primos, en mis tías, en mis abuelas, mis padres, mis hermanos, mi calle, el barrio, mis maestras y hasta en mi primer carro. Me pregunto, ¿por qué no pensé en mis amores pasados? Bueno, el asunto es que recordé a mi padre cuando dijo, En la guerra cualquier trinchera es buena. Y como un impulso indetenible me dirigí a la primera ruta de escape que se vio accesible. El gentío era tal que las posibilidades eran mínimas. Abrí una puerta y entré sin preguntar. Otra cosa que me decía mi padre era: “es mejor pedir perdón que pedir permiso”. Cuando mis latidos regresaron a un ritmo cercano a lo normal me percate de donde estaba, y así cada vez nos acercamos a la razón de este fútil relato.

Ocurre que el destino me llevó a la tienda de los METS. Un lugar repleto de parafernalia y todo tipo de indumentaria del equipo de grandes ligas que tiene sede en Queens, uno de los cinco distritos que forman la ciudad de Nueva York. Para mi sorpresa, el hallazgo me devolvió la alegría pues en ese equipo militan dos importantes muchachos, Carlos Beltrán y Carlos Delgado. Pero es el segundo Carlos el que inspira esta historia. Me acerqué al empleado y le pregunté si me podía conseguir una camisa oficial del equipo con el nombre Delgado en la espalda y el número 21 que Carlitos viste en homenaje al inmortal Roberto Clemente. El empleado me dijo en tono de burla: “ese Delgado no tiene contrato para el año que viene, está viejo y no le pega ni a una bola de baloncesto”. Es un hecho que Carlitos no estaba jugando su mejor béisbol, pero vaya, ésa no era forma de dirigirse a un paisano y menos a uno que lleva encima una mancha de plátano que se ve hasta por radio. Mi indignación fue tal que con voz alta le respondí al empleado: “¡Cómo están las cosas, a ver si tú tienes contrato el año que viene!”

El pobre Carlitos luchó contra el abucheo de los fanáticos que a gritos exigían su cuerpo vivo o muerto. Fueron momentos difíciles para Carlitos y para mí que con toda aquella frustración y rodeado de un tumulto de citadinos extasiados me subí al metro y de una vez y por todas regrese a donde todo tiene sentido, fuera de aquel limbo que no es ni arriba ni abajo.

La semana pasada comenzó el frío a ganarle la batalla al calor. El verano se disipa en el calendario para vestir de hojas secas el pavimento. La temporada de béisbol llega a sus últimas semanas. Los “Bombers” del sur del Bronx se despedirán sin bombas ni platillos. La esperanza de la ciudad está en manos de los METS, que sólo días después de aquel fortuito incidente con el empleado de su tienda comenzaron a ganar juego tras juego como si un no sé qué o un qué sé yo se apoderó de ellos y especialmente de Carlitos. El muchacho está que le pega a la bola con los ojos cerrados. Su equipo lidera la carrera por el banderín de su división y todo gracias la heroica gesta de mi querido Carlitos. Ya no se escuchan los abucheos y el clamor de aquéllos que exigían su cabeza a gritos. Ahora, la fanaticada exige a la liga que sea nombrado MVP, jugador más valioso, en coros que se escuchan de Queens a Manhattan. Ahora todos aman a Carlitos, el muchacho de Aguadilla que luchó en Vieques contra de la marina de guerra de los Estados Unidos y que nunca ha permitido que su dignidad tenga precio. Ese Carlitos que vale mucho más de lo que cuesta. Mi querido Carlitos.

Me pregunto si la gerencia del equipo puso nuevamente a la venta camisetas con su nombre o si han considerado renovar su contrato para la temporada que viene, o si han tomado la determinación de entrenar mejor a sus empleados, especialmente a los que le venden camisetas a los fanáticos o a los peregrinos citadinos que por accidentes de la vida o de la muerte, llegan a su tienda en búsqueda de cualquier cosa. Pensándolo bien, fue mejor que no tuvieran la camiseta de Carlitos, estaba carísima y yo soy conocido porque camino con los codos de lo tacaño. A final de cuentas, no importa quién gane el beisbol el invierno viene de camino. Espero que este año no haga tanto frío. Espero que el verano regrese pronto. Espero que los METS lleguen a la Serie Mundial. Espero no me salgan pelos en la espalda. Espero…

Filed under: Deportes — Tags: , , , — aricruz @ 12:30 pm
September 8, 2008

por Arí Maniel Cruz

La noticia en el mundo del básquetbol, bueno, en el mundito nuestro, es el aparente caso criminal en contra del puertorriqueño Sammy Villegas por una supuesta conspiración para arreglar partidos del baloncesto universitario en los Estados Unidos. Villegas, quien jugó para la Universidad de Toledo, en Ohio, aparentemente participó en esquemas de apuestas durante la temporada de 2004-05 y 2005-06 por lo que el FBI lo mantiene bajo investigación. Se dice que cuando jugaba en la universidad falló dos tiradas libres a propósito como parte del esquema, además de una serie de movidas que el FBI tiene bajo la mirilla. Cuando me enteré de la noticia lo primero que pensé fue, ¿Quién? ¿Villegas? ¿De dónde?

Aparentemente, Villegas ha participado del moribundo Baloncesto Superior Nacional, máxima liga de básquet en Puerto Rico, con los Atléticos de San Germán, además de Los Cocolos de San Pedro de Macorís en la República Dominicana y ahora juega en la liga profesional de México, pero las acusaciones por las cuales nos hemos tomado la molestia de escribir en este espacio cibernético se refieren a sus años como universitario en Ohio. De Villegas sabemos muy poco para hablar de sus cualidades dentro del rectángulo por lo que llegamos a la fácil conclusión que nuestro desconocimiento dice más de sus cualidades en el básquet que cualquier estadística. Es decir, que si no fuera por el chisme de las apuestas y las acusaciones no estaríamos hablando de él.

Sin duda, le deseamos la mejor de las suertes en el caso al que se enfrenta y quisiéramos haber conocido al basquetbolista de 6 pies y 6 pulgadas por sus hazañas como reboteador o anotador, quizás hasta como prospecto para ocupar la vacante posición de delantero pequeño en el seleccionado nacional de Puerto Rico, pero no fue así. Mi recomendación para Sammy es una antigua regla del básquet:

los tiros libres no se fallan.

Filed under: Deportes — Tags: , , , — aricruz @ 5:10 pm
September 3, 2008

por Arí Maniel Cruz

Ahora que podemos mirar atrás y analizar a fondo las majestuosas y casi increíbles actuaciones de tantos y tantos atletas que llenaron de emociones el mes de agosto, hemos preferido concentrarnos en cosas de mayor importancia y trascendencia deportiva, como lo es la nueva casa de Phelps, la patada del cubano o el romance de Novak Djokovic.

¡Sí! Voy a seguir con lo mismo hasta que encuentre algo mejor que decir. No es que no haya cumplido con mi asignación de buscar un mejor tema para este espacio. Con toda honestidad, les aseguro que me pasé el fin de semana tratando de encontrar entre las interminables redes cibernéticas algo que despertara mi interés, algo que al menos por unos minutos me hiciera dejar atrás la causa de mis desvelos. Con la mano derecha sobre mi pecho, y el tercer café del día en la izquierda, prometo dejar atrás los juegos Olímpicos de Pekín y continuar con mi vida, la próxima semana. Hoy diré lo que tengo que decir, a ver si consigo el sueño esta noche.

Ahora que podemos mirar atrás y analizar a fondo las majestuosas y casi increíbles actuaciones de tantos y tantos atletas que llenaron de emociones el mes de agosto, hemos preferido concentrarnos en cosas de mayor importancia y trascendencia deportiva. Por eso quiero hacer referencia al titular de uno de los principales periódicos de la metrópolis en la que trabajo y vivo. El Diario dedicó la contraportada para anunciar que Michael Phelps, máximo medallista Olímpico de la historia, se compró una lujosa residencia en Baltimore, valorada en un millón y medio de dólares. Entre las comodidades de la casa, el artículo enfatizaba en la piscina, que según Phelps –y por obvias razones–, es su parte favorita de la casa.

Otra noticia importante fue el comunicado del ex presidente cubano Fidel Castro en el que demostró su apoyo al atleta de taekwondo que pateó en el rostro a un juez durante una competencia Olímpica. Es cierto que nosotros los caribeños sentimos una incondicional simpatía y solidaridad por nuestros países, especialmente cuando se enfrentan a otros más grandes, ricos o geográficamente afortunados, más aún cuando son o fueron colonizadores de la región, pero todo tiene un límite. No hay forma en que podamos ser solidarios con un acto que violenta el principio mismo de la competencia internacional, sobre todo cuando se trata de Cuba, país que durante el periodo revolucionario ha sido digno competidor y ha dado ejemplo de dignidad deportiva y social. Perdone comandante, pero no.

Sin embargo, ¿cómo vamos a dejar pasar la noticia más importante de la temporada? El romance Olímpico entre el tenista serbio Novak Djokovic y la atleta paraguaya Leryn Franco. No sólo en los pasillos, sino en toda la prensa, corría el chisme del momento mientras la pareja se paseaba como tortolitos enamorados por toda la Villa Olímpica. Parece que la suerte que los acompañó en temas románticos los abandonó en temas atléticos. Novak, embriagado por las mieles del amor, perdió en semifinales ante Rafael Nadal y se conformó con el bronce, mientras Leryn, protagonista de calendarios y certámenes de belleza, la tuvo mucho peor. La atleta terminó en la posición número 51 en el evento de jabalina. En Atenas, hace cuatro años, terminó en la posición 41, lo que nos deja claro que su jabalina no llegó muy lejos, pero la de Cupido, sí.

Yo no sé lo que piensen ustedes, pero para mí, el que se llevó el oro fue el serbio. Felicidades, Novak, por tu medalla de bronce, claro está.

Filed under: Deportes — Tags: , , , — aricruz @ 11:50 am

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