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September 18, 2008

Por Antonio Ruiz-Camacho
antonioruiz.camacho@gmail.com

Lo primero que pensé esta mañana, cuando me enteré del atentado con granadas ocurrido anoche (15 de septiembre) durante los festejos de la Independencia mexicana en Morelia y que ha dejado (hasta este momento) ocho muertos y decenas de heridos fue: ¿ahora sí comenzará la gente en México a poner atención a lo que está pasando?

Cuando me refiero a “la gente en México”, quiero decir la gente que conozco, la que tiene cuenta en Facebook–Mexicans are Facebook junkies–, la que habita esa parte del país donde se toman las decisiones, la que no para de repetir(me), cada vez que se habla sobre la creciente y aparentemente irrefrenable ola de violencia que asola al país, que “eso es nada más es un desmadre entre narcos; todo lo demás está tranquilo”. La gente bien, pues.

Los ocho muertos de ayer noche tienen algo de espeluznantemente inédito en esta vorágine sangrienta que asfixia al país en el que nací, del que me marché hace siete años y al que no tengo intenciones de volver. Son víctimas civiles, gente común y corriente que había ido al zócalo de la capital michoacana a oír el grito de Independencia como cada año, a divertirse y pasar un buen rato. Cualquiera de nosotros pudimos haber estado ahí.

Amigos periodistas que han cubierto todo tipo de guerras, incluidas ocupaciones y guerras civiles, suelen coincidir en su asombro ante la supervivencia de la rutina cotidiana aun en las circunstancias más extremas. En un rincón de Bagdad o de Beirut pueden estar cayendo las bombas, y a tres cuadras de ahí puede haber gente tomando el café/te de la tarde o mirando la telenovela de moda; una que, muy probablemente, sea de manufactura mexicana, para más inri.

Lo mismo puede estar ocurriendo en México, quiero pensar. Pero cuando hablo con mis amigos sobre lo que está pasando allá presiento más negación por el descarrilamiento del país que determinación para seguir adelante con sus vidas. Tengo la sensación de que no quieren que les importe. Tal vez porque si comienzan a pensar en ello, no podrán parar y seguir adelante con la vida en un territorio sin ley puede ser insoportable. O tal vez no piensan en ello porque en realidad no les importa, porque ellos están a salvo, detrás de cristales blindados y a resguardo por la permanencia de un sistema de castas determinado por una mezcla complicada de raza, dinero y muchos complejos derivados del choque de indios y españoles hace cinco siglos; una asignatura que aún no hemos aprobado.

Ayer el derramamiento de sangre dio un giro irrevocable, y me pregunto si hoy esa gente, la que conozco, la gente bien, ha comenzado a cuestionarse sobre si debería comenzar a poner atención. Pero temo, y mucho, que esta vez el argumento para mostrar desinterés, para seguir alimentando la negación, sea decir que los ocho muertos (cuando esto escribo) en Morelia, no eran narcos, sino simplemente nacos. Eso, por brutal que parezca, es posible y habita en el despiadado imaginario colectivo de la gente bien de México. Y una cosa así sería peor. Daría aún más miedo.

Antonio Ruiz-Camacho (Toluca, 1973) ha sido reportero, corresponsal extranjero, editor y columnista para varios periódicos y sitios electrónicos mexicanos, entre ellos Reforma, El Financiero, El Universal, Milenio y To2.com. Ha colaborado para Letras Libres, Expansión y Travesías, entre otras publicaciones. Desde 2004 trabaja como Coordinador Editorial para la cadena de periódicos en español Rumbo, en Texas. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México. Desde marzo de 2007 escribe y coordina el blog sobre inmigración de mexicanos profesionales de clase media y media alta Periférico Sur (northbound). Acaba de terminar su primera novela, titulada Ciudad natal, sobre las consecuencias de la nostalgia y el precio del arraigo. Actualmente es becario John S. Knight en la Universidad de Stanford. Vive con sus dos hijos y su esposa en Palo Alto, California.

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