Por: Fernando Cerdeña
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Conocí a John en la barra del restaurante italiano en el que yo era bartender en New York, tres veces a la semana se reunía con su familia para cenar, el siempre llegaba más temprano para beber 4 o 5 Martinis con tres aceitunas. Por tres años que tuve ese trabajo, él y su familia fueron mis mejores clientes, sus propinas generosas, pero su conversación, su cariño hacia mí no tenia precio, me invitaron varia veces a su casa, una bonita casa en una de las mejores áreas de Long Island, gente muy sencilla, sobre todo muy generosa, estamos hablando del año 2000.
Hace una semana estaba en New York y necesitaba ropa interior mas abrigada, el frio era insoportable, no fui preparado, camino por uno de los almacenes de Wal-Mart buscando la sección hombres, como estaba apurado, vi uno de los empleados de espalda y me encamine hacia él para preguntarle donde podía conseguir lo que necesitaba, al preguntarle voltea, ¡mi amigo John!, no nos veíamos 9 años, nos dimos un fuerte abrazo, intercambiamos teléfonos, lo note esquivo, me dijo donde estaba la sección que buscaba y nos quedamos en encontrar al día siguiente en el restaurant donde nos conocimos. Me paso por la mente ¡qué raro, que hace John trabajando aquí!, como ya aprendí la lección de que el trabajo no es deshonra, no le hice caso. En la mañana siguiente me llama, me dice que mejor la reunión sea en su casa ya que su familia me quería ver, yo encantado, 8 de la noche fue el pacto.
Me dio gusto ver a su hijo, su nuera, sus nietos, su esposa Mary murió hace 3 años, -cáncer-, me quede frio de impresión, ella era la razón de vivir de mi amigo, debió ser duro para él. A pesar que la diferencia de edades (yo tengo 51 y el 72 años) siempre tuvimos una buena comunicación, el habla 4 idiomas, el español perfecto, muy educado, leía de todo y siempre su conversación era agradable; terminamos la cena, su hijo y familia se despiden, nos quedamos tomando un vino, ¡nunca vi a una persona llorar tanto y con tal profundidad!, fueron los 20 minutos más tristes de mi vida, ver a mi amigo John desfogarse, ver que cada lagrima tenía un peso y un color de tristeza, amargura e impotencia. Lo acompañe en su dolor, mudo, solo escuchando su pena. Un hombre que trabajo desde muy joven, que tenía su vida resuelta, hombre de bien, ayudo siempre a quien se lo pidió, hombre creyente, practicante en la fe, buen padre, buen esposo, mejor amigo, solo cometió un error en su vida, confiar todo el esfuerzo de su vida a una compañía de inversiones que lo dejo en la calle, sin un dólar, sin plan de retiro, sin seguro médico, sin poder vender su casa y tener que volver a trabajar para pagar las cuentas. Fue a la guerra, trabajo por su país, pago sus impuestos, voto por lo que creía, nunca tuvo ni siquiera un ticket de manejo, crédito perfecto, ¿qué fallo?, confiar en la clase política de este país, que en vez de hacer su trabajo de proteger a la sociedad que los eligió, protegen sus intereses o de los que los financiaron, prefieren votar en contra de los proyectos que presentan los que les ganaron las elecciones a votar por el bien del país, ¡miren lo que está pasando en el congreso!, Republicanos contra Demócratas, no importa que sea por el bien del país, si viene de ellos hay que trabarlo, hay que bloquearlo, hay que votar en contra y viceversa.
“Lo único que lamento Fernando es no haberme involucrado mas con la política de este país, pensé que los congresistas, los políticos, el presidente de mi país me protegería, recuerdo tus palabras, hay que involucrase más en la vida cívica y política de este país, en ese momento no lo entendía, pero al verme lo que me paso y ver en mi trabajo a miles que están en la misma o peor situación que la mía, me doy cuenta que estabas en lo correcto”, sentí una profunda admiración por mi amigo, y una gran satisfacción de por lo menos ya una persona entendió mi mensaje, aunque tarde.